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martes, 21 de septiembre de 2021

Cuento: Ella vino del mar

Noche de plenilunio, las olas chocaban lejos, en el acantilado. Mis enaguas olían a agua salada por el contacto con la orilla. La playa desierta, enorme, el océano inconmensurable.

Ella vino del mar. Esa noche se encaramó hacia la orilla, para morir en tierra. Desde las dunas la vi, piel pálida, casi como la luna, berberechos se enredaban en su cabello oscuro. Su hermoso torso desnudo dejaba ver una enorme mancha escarlata a la altura de la clavícula.

Instintivamente corrí hasta la costa para auxiliar a aquella lánguida mujer. 
Al llegar a ella, sus ojos exangües se fijaron en mí. 
Le dije que no temiera, pero por lo visto no podía entenderme.
Rasgué un pedazo de mis enaguas y procuré un improvisado vendaje. Ella me miraba con ojos compasivos, yo respondía con una tímida sonrisa.

Con todas las fuerzas de mi ser la llevé andando hasta mi casa.
Mi hogar era en realidad una precaria casucha de madera, antiguo refugio de pescadores, ubicada más allá de las dunas.

Nada más llegar, la ubiqué sobre mi modesta cama y preparé un ungüento para su herida.
Casi como un murmullo, le pregunté como se había hecho semejante daño, a lo ella solo respondió con una dulce mirada.
Le quité la venda y pude ver, luego de limpiarla, la magnitud de la herida. Era un corte irregular, y aunque solo se había desgarrado la piel, su longitud era pronunciada. 
Coloqué un apósito con el linimento y le di de beber un te de hierbas para el dolor.

Pasado un rato, su semblante pareció mejorar, aunque su piel seguía estando extremadamente pálida.
 Me senté en una silla a su lado. Mi vista recorría sus facciones una y otra vez, tratando de ver en ella a alguien de la zona. No tuve éxito.
Lo único que pude sacar en limpio con mis cavilaciones era la extraordinaria belleza del ser que tenía frente a mí.

Me estaba quedando dormida, allí en la silla, cuando oí que hablaba.
-Los pescadores me hicieron esto. Dijo, señalando su herida.
Su voz aunque tenía cierta firmeza era suave, como aterciopelada. 
-¿Los pescadores? Pregunté tontamente.
-Si, quisieron sacarme del agua con una lanza afilada. Me respondió sobriamente.
-¿Un arpón? No entiendo... ¿Por qué estabas en el agua? No te he visto antes, ¿Dónde está tu hogar? Inquirí nerviosamente. Eran demasiadas preguntas.
-En el mar. Contestó.
-¿Vives en alguna isla? ¿Tal vez en la zona de la península? 
- No, mi hogar está en el agua. Contestó tajante antes de desmayarse.
Evidentemente, la breve conversación había representado mucho esfuerzo para su magullado cuerpo.

Un escalofrío recorrió mi piel. ¿Estaba esta muchacha dañada por la conmoción? 
Esa noche pude descansar muy poco. Para no incomodar a mi invitada, armé en el suelo un lecho improvisado, pero no dormí.  De tanto en tanto me aseguraba de que la joven estuviera bien. 

A esta altura su belleza me había cautivado.  Debo decir que esta desconocida me enamoraba, y en igual proporción me asombraba.
Al despuntar el alba, me hallaba en pie, preparando un poco de café. Grande fue mi sorpresa cuando vi como la convaleciente se incorporaba en la cama con relativa facilidad.

Me dirigí a revisar su herida, y al retirar el vendaje, descubrí asombrada, que estaba mejor de lo que esperaba. 
-¿No tienes frío? pregunté.
-Toma, ponte esto. Le alcancé una camisa mía limpia.
-Puedo ver tus ojos brillar y tu boca temblar. Yo no uso ropa y no tengo frío. Me dijo socarronamente.
Me ruboricé. No supe que decir. En verdad en lo que en un primer momento era preocupación,  se había convertido en otro sentimiento: deseo.
Sonrió y dijo: - Tu cara es de otro color ahora. ¡Sé lo que eso es!
- ¡No digas tonterías! dije, haciendo un ademán y tratando de quitar hierro al asunto.

Los días pasaron, mi invitada se recuperaba a pasos agigantados. El poder regenerativo de sus tejidos era muy superior a lo antes visto por mis ojos.
Pronto caí en cuenta del carácter taciturno de la mujer marina, como empecé a llamarla.
Y aunque su hablar era escueto, presumo por el poco conocimiento del idioma, delatado por un extraño acento, sus palabras eran certeras. Mi interlocutora tenía la extraña habilidad de intuir lo que yo estaba pensando o sintiendo.

-¿Cansada? 
Su voz retumbó en el recinto. 
Titubee por un instante y me sonrojé al verla. Como me había hecho saber antes, la mujer marina usaba ropas muy ligeras, si es que acaso usaba algo. 
-Tu rostro cambia de color muchas veces. Me gusta.
-¡No digas tonterías! dije, sintiendo arder mis mejillas.
-No son tonterías! Sé lo que es. ¡Sé lo que es!
-¿Y qué es? ¡Dime ya que tanto sabes! Exclamé alterada.
-Eso es amor.

Quedé helada.
-No es cierto. Dije con un hilo de voz.
-Si lo es. Antes de que me encontraras, cada noche te observaba en la orilla. Buscando algo. Siempre te ibas llorando.
Sin darme cuenta me fui quedando, más y más cerca tuyo, hasta la noche en que los pescadores me vieron y atacaron.
-¿Pero por qué te atacaron? Pregunté, tomándola por los hombros.
-Porque para tu gente, yo soy un monstruo. Contestó, tomando mis manos entre las suyas y depositando un suave beso en ellas.
Este accionar hizo que una electricidad recorriera mi espalda. 
-¿Quién eres? Interrogué.
-Eso no tiene importancia. Lo que importa es que nos buscamos, y nos encontramos. La calidez de sus palabras aceleró mi corazón.

-En la  orilla, cada noche, en soledad,  alimentabas mi hogar con tus lágrimas. 
¿Cómo no amarte por tan hermosa ofrenda de perlas? 
Soy quién tanto esperabas. 

Estaba anonadada ante tan sentido discurso.
Era la extrañeza de la bruma marina, el afecto de sus manos francas, el olor a sal y la tibieza de sus ambarinos ojos.
Amarnos era inevitable, impostergable y exquisito. Desde esa noche en la playa nuestras vidas cambiaron. Ya no vivo en la vieja casucha de madera. Ahora mi rojizo cabello también  está decorado con berberechos, escucho el canto de las anémonas y despierto al lado de Ella, la que vino del mar.


domingo, 5 de julio de 2020

Hablando de Arte: La Isla de los Muertos- Arnold Böcklin


Arnold Böcklin (1827-1901), pintor simbolista suizo, cuenta con una obra pictórica fascinante, no solo por la calidad de factura sino también por la repercusión a posteriori que han tenido algunos de sus trabajos. En este caso, nos referiremos a "La Isla de los Muertos".

Si hablamos de La Isla de los Muertos, debemos tener en cuenta que se trata en realidad de una serie de pinturas, no de una sola. Son cinco versiones pintadas entre 1880 y 1886. Cabe destacar también que aunque el nombre original dada por su autor era "Pintura para soñar", el nombre por el cual se la conoce fue dada por un marchante de arte. 

La versión en la cuál está inspirado el siguiente escrito es la pintada en 1883, que se encuentra en la Antigua Galería Nacional de Berlín, en Alemania.


                                              



La Isla de los Muertos

Un cielo azul violáceo, cargado de nubes se une en comunión con un mar aparentemente calmo, en un horizonte lejano. En medio de ese esplendido espejo, se alza imponente, un macizo de rocas, al parecer tan antiguas como las profundidades de donde nace este enclave.
La atmósfera casi de ensueño es producida por los tonos azulados de la obra, y es que el azul es el color del cielo, del mar, de la lejanía, de lo inasible, de la insondable imaginación.
Al igual que varias pinturas de Arnold Böcklin, “La Isla de los Muertos” destaca por su sensación de quietud, de tiempo detenido. Una dulce atemporalidad se hace presente ante el espectador, quien asiste a este homenaje póstumo, a ese último viaje en la barca de Caronte hacia el lugar de reposo eterno.
La  figura de blanco hace de guía, cual faro en la oscuridad. 
Los cipreses centenarios, en el centro de la composición, se yerguen hacia el cielo, como mostrando el camino al infinito. A pesar de su marcada verticalidad, la masa arbórea mece lánguidamente su corona orgullosa.
Llegado a este punto, varias incógnitas nos deja Böcklin, como es de esperar de un buen pintor simbolista.
 ¿A quiénes cobijan esas antiguas rocas? Similar al Valle de Los Reyes, en Egipto,  los blanquecinos acantilados, de roca horadada hasta sus frías entrañas, esperan impasibles a un nuevo habitante. Guardianes silenciosos, vestidos de musgos verde y naranja.
¿Quien es  honrado, en esta ocasión, con este viaje postrero? Nunca sabremos quién yace dentro de esa caja blanca, custodiada por la efigie amortajada de pie junto a esta. 
Y justamente, ¿Quién es esa figura cargada de misterio que preside el austero cortejo? Podríamos decir que se trata del mismísimo Caronte… o tal vez algún otro psicopompo, anónimo y universal.

lunes, 15 de enero de 2018

Sobre las llanuras abisales

Sobre las llanuras abisales me desplazo, lamiendo arena y lodo del fondo.

Sobre mí , tres kilómetros de agua azul. Agua... esa masa ingente de cáos y orden a la vez. Me deslizo cortándola, hiriendo su estanca plenitud.

Sobre las llanuras abisales ni un débil reflejo de luz solar.Solo el plenilunio de las medusas y la danza de los calamares. Paso por su lado y en ondulante gracia me dicen adiós.

En el fondo, berberechos y cangrejos deambulan a paso lento, dando vueltas en círculo.
Vuelo por encima de ellos.

Surco cañadones y mesetas, dorsales y fumarolas, naufragios y corales... pero siempre vuelvo a mi hogar, las llanuras abisales.




"La Dama de San Brandán" 2017, acrílico sobre lienzo