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sábado, 21 de agosto de 2021

Hablando de Arte: Miradas, primera parte

“Los ojos son el espejo del alma”, dice un conocido refrán.

“ ¿Y por qué miras la paja que está en el ojo de tu hermano, y no echas de ver la viga que está en tu propio ojo?”, se lee en la Biblia en Mateo 7:3.

Y es que a través de los ojos, y en concreto, de la mirada, podemos intuir el estado emocional del otro, sus reacciones más primarias y puras (tal vez de allí provenga eso de ver a los ojos como prueba de honestidad).

Las artes visuales, como parte fundamental del lenguaje expresivo humano, no quedan exentas de dicha cuestión.

A través de la mirada del personaje representado se puede estructurar la obra entera, tanto simbólica como compositivamente. A partir de esa premisa, recorreremos diferentes obras de Arte, diferentes autores, tiempos y estilos. 


El descenso a los infiernos de Iván

“Iván el Terrible y su Hijo”, obra cumbre del realismo ruso de la segunda mitad del siglo XIX, es cabal ejemplo de la mirada como protagonista del hecho artístico.


Ilya Repin- Iván el Terrible y su Hijo


Ilya Repin en dicha pintura, nos muestra una escena desoladora. Un anciano, de aspecto macilento abraza el cuerpo de su primogénito asesinado.

El anciano no es otro que Iván IV, apodado el “Terrible”, y su hijo, Iván Ivanovich, muerto a manos de su propio padre, en un posible arrebato de ira.

Se dice que Iván IV se arrepintió el resto de sus días por haber acabado con la vida de su hijo predilecto, llorando y gimiendo frases como:

“Desde los tiempos de Adán hasta este día, he sobrepasado a todos los pecadores. Bestial y corrompido he ensuciado mi alma”.

Repin pinta este acontecimiento histórico de una manera veraz, no idealizada, gracias a lo cuál podemos ver la expresión del Zar, y los aspectos psicológicos del mismo.

Sus ojos desorbitados, y su mirada perdida nos revelan el descenso a los infiernos de este personaje, sumido en la culpa y dolor más profundos al caer en cuenta de su fatídico accionar. 



El dramatismo se acentúa con la iluminación de las figuras, colocadas en el centro de la obra.

Exento de la pompa propia de un emperador, el senil anciano contrasta con la fastuosa y recargada decoración del ambiente donde se llevan a cabo los hechos. 

 Iván, con su mirada fija, presa de la desesperación, más que un Zar omnipotente, queda reducido a algo más que un despojo humano, decadente y miserable. 


La límpida mirada de la elegancia

Mirada clara, expresión serena y caballerosa altivez nos regala Ferdinand Hodler en su autorretrato de 1892.


Ferdinand Hodler- Autorretrato

Fiel a su estilo, Hodler utiliza trazos precisos para delinear la figura, enmarcando sus zarcos ojos con exquisitas líneas curvas.

Cabe mencionar que el retratado presta especial atención al tratamiento de los ojos, distinguiéndolos del resto de la obra, no solo por el contraste de color (que de igual manera está levemente atenuado por la isovalencia cromática), sino también con la delicadeza de las pinceladas en esa área del rostro.

Este contraste entre ojos (y nariz) con el resto del retrato parece acentuar la claridad de la mirada, caracterizando al personaje, otorgándole cierto aire amable y emotivo.

Es como si se pudiera ver a través de el.

Dichas características las comparte el retrato de Paul Victor Grandhomme, un grabador y esmaltador francés.


Raphaël Collin- Retrato de Paul Victor Grandhomme


En este extraordinario dibujo, Raphaël Collin logra captar en unos pocos trazos la personalidad del retratado. De semblante claro y algo melancólico se nos presenta este joven de facciones firmes y armónicas.

Al igual que Hodler, Grandhomme posa su mirada en el espectador, dando la sensación de sosegada cercanía.





domingo, 5 de julio de 2020

Hablando de Arte: La Isla de los Muertos- Arnold Böcklin


Arnold Böcklin (1827-1901), pintor simbolista suizo, cuenta con una obra pictórica fascinante, no solo por la calidad de factura sino también por la repercusión a posteriori que han tenido algunos de sus trabajos. En este caso, nos referiremos a "La Isla de los Muertos".

Si hablamos de La Isla de los Muertos, debemos tener en cuenta que se trata en realidad de una serie de pinturas, no de una sola. Son cinco versiones pintadas entre 1880 y 1886. Cabe destacar también que aunque el nombre original dada por su autor era "Pintura para soñar", el nombre por el cual se la conoce fue dada por un marchante de arte. 

La versión en la cuál está inspirado el siguiente escrito es la pintada en 1883, que se encuentra en la Antigua Galería Nacional de Berlín, en Alemania.


                                              



La Isla de los Muertos

Un cielo azul violáceo, cargado de nubes se une en comunión con un mar aparentemente calmo, en un horizonte lejano. En medio de ese esplendido espejo, se alza imponente, un macizo de rocas, al parecer tan antiguas como las profundidades de donde nace este enclave.
La atmósfera casi de ensueño es producida por los tonos azulados de la obra, y es que el azul es el color del cielo, del mar, de la lejanía, de lo inasible, de la insondable imaginación.
Al igual que varias pinturas de Arnold Böcklin, “La Isla de los Muertos” destaca por su sensación de quietud, de tiempo detenido. Una dulce atemporalidad se hace presente ante el espectador, quien asiste a este homenaje póstumo, a ese último viaje en la barca de Caronte hacia el lugar de reposo eterno.
La  figura de blanco hace de guía, cual faro en la oscuridad. 
Los cipreses centenarios, en el centro de la composición, se yerguen hacia el cielo, como mostrando el camino al infinito. A pesar de su marcada verticalidad, la masa arbórea mece lánguidamente su corona orgullosa.
Llegado a este punto, varias incógnitas nos deja Böcklin, como es de esperar de un buen pintor simbolista.
 ¿A quiénes cobijan esas antiguas rocas? Similar al Valle de Los Reyes, en Egipto,  los blanquecinos acantilados, de roca horadada hasta sus frías entrañas, esperan impasibles a un nuevo habitante. Guardianes silenciosos, vestidos de musgos verde y naranja.
¿Quien es  honrado, en esta ocasión, con este viaje postrero? Nunca sabremos quién yace dentro de esa caja blanca, custodiada por la efigie amortajada de pie junto a esta. 
Y justamente, ¿Quién es esa figura cargada de misterio que preside el austero cortejo? Podríamos decir que se trata del mismísimo Caronte… o tal vez algún otro psicopompo, anónimo y universal.