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miércoles, 22 de septiembre de 2021

Cuento: El regalo enterrado

 El niño jugaba en el campo con su perro.

El aire fresco ya se hacía sentir en sus piernitas desnudas. Su raído pullover amarillo desflecaba sus puños en medio de las flores silvestres.

El menor  había escamoteado una pala de su casa, hogar austero, cálido en medio de ese valle rodeado de sol y arroyos.

Se disponía a hacer un pozo, solo para probarse a sí mismo su propia fuerza y entereza.

El perrito lanudo saltaba juguetonamente buscando insectos. 

Las luciérnagas fueron apareciendo, la noche fue cubriendo con su manto de estrellas el vasto campo.

El niño enterraba la pala y trabajosamente quitaba la tierra. De repente la aparición de un objeto llamó su atención. Una forma regular semi enterrada se dejaba ver en medio de aquel hoyo.

Con las manos fue quitando la tierra de su alrededor, hasta descubrir por completo la cosa aquella: una esfera perfecta. La tomó con sus dos manitos, sorprendiéndose por la ligereza de ésta. 

Con su pañuelo intentó quitar la suciedad, pero luego de frotar un rato, se dio cuenta que no sería tan sencillo limpiar aquel objeto. Volvió a su casa con la pala en la mano y la esfera en el bolsillo.

La escondió bajo su almohada y día a día fue puliéndola. Progresivamente iba cambiando de color, de un marrón grisáceo a un amarillo similar al bronce.

Un día fue al prado, como tantas otras veces, y siguió limpiando la esfera.

 Anochecía ya cuando el peculiar objeto comenzó a brillar entre sus manos. Asombrado observó como este se volvía cada vez más liviano, hasta flotar en el aire, a la vez que su brillo se intensificaba como un pequeño sol. 

La esfera se elevó unos centímetros y se acercó a su pecho, tocándolo y entrando, primero en su ropa y luego en su carne con una facilidad inaudita. Ante la mirada atónita de niño y perro, la esfera se adentró en el pequeño, produciendo un último destello rojizo antes de perderse en el tórax de la criatura. 

El valle silente fue testigo del acontecimiento. El niño sintió en su pecho la calidez y en su corazón la claridad. 

Dicen que desde ese momento no fue el mismo. Dicen que ahora su sonrisa inspira profunda admiración, y en sus ojos puede verse una llama de sabiduría divina. 




jueves, 1 de septiembre de 2016

Cuento: Elefantes de Cristal

El valle pulula la rezumante alegría de la primavera. A lo lejos, las montañas coronadas de extrañas nubes, se ciernen como enormes guardianes de piedra.
Camino entre la frondosa vegetación. Busco, busco pero no encuentro. Sé que algo esconde este valle más allá de su tapiz de gloriosos matices.

Huelo…un aroma salobre llega desde una ubicación que no puedo precisar. Olor a mar… ¿Olor a mar? ¿Aquí?
Debe ser algún manantial subterráneo, porque la masa de agua azul no se ve por ningún lado. Sigo caminando, el sol del mediodía me ofrece una pista, un destello allá lejos cerca del cañadón. Mis piernas emprenden una presurosa marcha. Zarzas e insectos se prenden de mi piel, pero no me importa.

El poder de la curiosidad me mueve instintivamente, como animal salvaje. El reflejo es insoportable, avanzo a ciegas guiándome por un extraño sonido. Un tintineo llega a mis oídos. Un agudo sonido hace que casi entre en trance, extendiendo mis brazos hacia adelante, corriendo entre la maleza.

De repente tropiezo con algo, y mi vuelo se extiende sobre el prado. Al abrir los ojos el olor a sal me invade, el resplandor me ciega por un momento, pero al cabo de unos segundos la vista vuelve y me encuentro a los pies de algo increíble.
Pastando tranquilamente ante mí, una manada de elefantes de cristal.
La gran madre me observa y me dirige unos tintineos muy quedos. Sé que sabe que puedo oírla sin necesidad de subir el volumen de su chirriante voz, un detalle que agradezco de corazón. 

Me siento en la hierba  y quedo sosegado oyendo sus  agudos arrumacos. En la pradera el sol se aleja con su manto rojo, y los paquidermos apagan suavemente su voz.